Por Javier Figueroa Ledón
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La elección de un presidente en Estados Unidos constituye un proceso complejo y engorroso debido a la extensión territorial y al elevado número de ciudadanos. Cerca de 200 millones de votantes distribuidos en 50 estados y la presencia de colegios electorales ineficientes, reliquias del siglo XVIII, imposibilitan una designación directa del candidato presidencial, lo que pone en entredicho al sistema democrático norteamericano.
A ello se suma el carácter heterogéneo de la población y la existencia de dos partidos políticos predominantes, el Demócrata y el Republicano, que dejan sin opciones a los “terceros partidos”.
El papel que desempeñan las minorías en los comicios crece de campaña a campaña. Los afroamericanos y latinos ganan terreno paulatinamente y los partidos tradicionales comienzan a tenerlos en cuenta.
Las elecciones primarias de cada partido: primer paso importante en la selección del presidente.
A la contienda electoral cuya finalidad reside en definir el candidato de un partido político a un cargo público en particular se le denomina elección primaria. Éstas clasifican de “cerradas” (votan solamente los miembros registrados de un partido) o “abiertas” (votan miembros de otros partidos).
En el caso de las primarias presidenciales se realizan a nivel estatal y el sufragio, según la ley de cada estado, emana rectamente en apoyo al candidato a mandatario, o de lo contrario los ciudadanos eligen un delegado que “garantiza” el respaldo al aspirante con mayores posibilidades en la convención del partido.
La participación de los votantes en las primarias no ha sido la mejor. En 1968 sólo 12 millones de personas (el 11% de la población con edad de votar) tomaron parte en la nominación de los gobernantes. Mientras en el 2000 lo hicieron cerca de 35 millones (15% del electorado).
Ello demuestra que solo una pequeña minoría selecciona directamente a los candidatos a la presidencia. El resto únicamente reafirma la elección en los comicios generales.
La Convención. Se perfilan los candidatos.
Cada partido, una vez concluida las primarias, procede a la Convención (generalmente en los meses de verano del año de las elecciones) para escoger un presidente y un vicepresidente que encabece a la organización política en los sufragios.
Además se da a conocer el programa de la agrupación, lo que despierta un enorme interés de los medios de prensa.
El día de las elecciones
Los comicios presidenciales en Estados Unidos se celebran cada cuatro años, el primer martes siguiente al primer lunes de noviembre.
Para llegar a la Casa Blanca uno de los candidatos necesita un mínimo de 270 “electores” de un total de 538. Los aspirantes que ganan el voto popular en un estado suelen recibir todas las boletas de dicho estado. En otras palabras: el vencedor “arrasa”, algo que va contra el sentido de la verdadera democracia.
Puede que el triunfador sobrepase los 270 “electores” con un número inferior de “votos reales” , como sucedió en los sufragios del 2000.
Estas irregularidades exigen una reforma urgente del sistema electoral norteamericano donde se garantice una votación directa y segura, mediante mecanismos tecnológicos fiables.
Dinero y poder
El dinero resulta un factor imprescindible para aspirar a la presidencia de Estados Unidos por lo que no pocos candidatos se convierten en representantes de los grandes intereses económicos. El costo de las campañas aumenta en cada elección y la cifra asciende a los 140 millones de dólares, recaudados por George W. Bush en la contienda de 2004.
Las aportaciones directas de ciudadanos individuales, los grupos de interés, los fondos públicos, así como los propios recursos personales constituyen fuentes secundarias de financiamiento.
El estrecho vínculo que existe entre lo nominados a la silla presidencial y los enormes consorcios y corporaciones, dado por la dependencia monetaria, quebranta la democracia, pues el norteamericano común pasa a un segundo plano.
La elección presidencial resulta un negocio de los grandes grupos económicos por controlar el poder político. A fin de cuentas, todo gira en torno a mantener el estado de cosas y preservar al sistema de cualquier anomalía.
¿Un presidente atractivo? o ¿un mandatario capaz?
El éxito de un gobernante en Estados Unidos no depende solamente de su capacidad para enfrentar problemas sino de su magnetismo y personalidad. Los estadounidenses medios prefieren “líderes” elegantes, joviales, y de exquisita fluidez verbal. Un candidato sin éstas características difícilmente podrá acceder a la Casa Blanca.
La misma “democracia incontrolable” permite que individuos de bajos niveles culturales e incapaces de asumir grandes responsabilidades ocupen puestos trascendentes y vitales. Un sembrador de cacahuetes o un empresario mediocre pueden gobernar una nación tan poderosa, mientras personas preparadas y competentes luchan por sobrevivir.
El poder de los metecos
Estados Unidos recibe de 500 mil a un millón de personas cada año, y en el 2000 su población incluía a más de 28 millones de extranjeros, sin contabilizar los descendientes de éstos.
Los hispanos, por ejemplo, sobrepasan los 30 millones (un 11% de la población total) y se convierten en la primera minoría (por delante de los afroamericanos).
En el orden político los “nuevos metecos” logran algunos avances en la medida que asimilan la cultura norteamericana. Pero no todos participan en las elecciones debido a que muchos carecen de la nacionalidad estadounidense, a pesar de tener la residencia permanente.
Los puestos públicos de alto rango excluyen a los inmigrantes legalizados, aunque en los últimos años, por el incremento del voto latino, varios hispanos han ocupado serias responsabilidades dentro del gobierno.
Las elecciones generales de 2004 evidenciaron el poder que las minorías étnicas ejercen en el resultado final. Mexicanos y puertorriqueños, junto a los ciudadanos afro, votan por los demócratas regularmente. Mientras que los cubanos, en su mayoría, apoyan a los republicanos.
Consideraciones finales
El sistema electoral norteamericano se encuentra plagado de imperfecciones e irregularidades, por lo que necesita una reforma urgente. La esencia de la verdadera democracia se pierde en el número excesivo de votantes y en la gran diversidad cultural.
Las elecciones de 2000 y el sonado fraude de Florida pusieron en evidencia los “huecos negros” que minan al “país más libre del mundo”. Para muchos la causa fundamental de la decadencia eleccionaria reside en las “trabas tecnológicas” solamente, y desconocen que el mecanismo democrático de los Estados Unidos, en su totalidad, se encuentra en crisis.
Y aunque la Primera Enmienda de la Constitución garantiza la libertad de palabra y de prensa, los grandes medios de comunicación masiva están controlados por el poder económico. Éste, al fin y al cabo, da la última palabra en la elección de los gobernantes.
Una transformación a gran escala de las instituciones que intervienen en los comicios pudiera detener, al menos por un tiempo, las incongruencias y violaciones. Pero la razón principal de los problemas mora en el propio régimen capitalista, donde el dinero manda y se impone.